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Del compromiso.

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Enviado el 09-may-2016 a las 13:16 por Quim

Una vez me contaron una anécdota. Ocurrió en no sé que pueblo, hace muchos años. No conozco los nombres de los protagonistas, pero para entenderla no es necesario. De lo que no hay duda es de su veracidad, puesto que me la contó un testigo presencial.
Resulta que en cierta ocasión un hombre se acercó a un agricultor y le expresó su deseo de comprarle la cosecha de naranjas de esa temporada. Convinieron en un precio y, después de darse la mano, se separaron.
Transcurrió el tiempo que los naranjos necesitaban para dar su fruto y llegó el momento de la recolección, pero uno o dos días antes de llevarla a cabo cayó una granizada terrible que arrasó el campo. Infinidad de pérdidas entre las que se encontraban, lógicamente, las naranjas.
La sorpresa del agricultor fue mayúscula cuando, pocos días después, se presentó aquél hombre en su casa con el precio convenido.

No hay naranjas- le dijo- y no es posible que no se haya enterado de que el campo ha quedado totalmente arrasado.
Sí que me he enterado. De hecho, en mi pueblo los daños han sido cuantiosos.
Entonces, preguntó al visitante, ¿por qué viene a pagar por algo que no existe?

Fue en ese momento en el que este hombre respondió lo que no voy a olvidar jamás, tan honda es la lección que esconden sus palabras:

- En el mismo momento en el que estrechamos nuestras manos, la cosecha pasó a ser de mi propiedad. No importa que no le hubiera pagado todavía. Era mi cosecha la que se perdía por el granizo.

No se me ocurre un mejor punto de partida para explicar lo que entiendo por compromiso que esta anécdota. Un compromiso es una obligación contraída, algo a lo que hemos de dar cumplimiento pase lo que pase. Hace menos de cien años, los hombres que se preciaban de serlo se dejaban matar antes que faltar a la palabra dada, antes de dejar de cumplir aquella obligación que habían contraído.
Nosotros, como cristianos, nos comprometemos a vivir una vida lo más parecida posible a la de aquél a quien decimos seguir. Tenemos LA OBLIGACIÓN de parecernos cada vez un poco más a Jesús. Y es una obligación para cuyo cumplimiento no necesitamos de grandes esfuerzos: tan sólo dejarnos llevar por donde el Espíritu quiera llevarnos. Ser hombres y mujeres de palabra, en todos los sentidos.
Esto, que parecería difícil de entender, no lo es tanto. Tan sólo hay que tener presente que, como hijos de Dios, somos embajadores del Reino de los cielos y que como tales hemos de comportarnos. Ya sea en mi trabajo, en el bar tomando un café, en el metrolo estoy representando a Él.
Cuando voy conduciendo y algún mentecato hace una maniobra peligrosa delante de mí, como representante de Dios no puedo permitirme el lujo de sacar el puño (o el dedo) por la ventana para mostrar mi desacuerdo. ¿Te imaginas? Con el pececito en la parte trasera y echando sapos y culebras por la parte delantera. Como fuente de dos caños. ¡Que bonito!
Es más, si veo a mi enemigo (o a aquél que me cae rematadamente mal) pasando algún tipo de apuro, en vez de sentir un alegre alborozo que recorra mi espina dorsal debo, como embajador del Dios de paz, tratar de todo corazón de mitigar en lo posible el dolor. (Aunque sienta en mi interior un alegre alborozo que recorra mi espina dorsal, de lo cual tendré que arrepentirme).
El compromiso, pues, presenta incompatibilidades. Incompatibilidades con mi carácter, que debe amoldarse al de Jesús.
Incompatibilidades con mis deseos que, curiosamente, suelen ser algo diferentes de lo que se espera de mí.
El compromiso es un ejercicio de consecuencia, pues nos lleva a comportarnos consecuentemente con aquello que decimos.
La forma en que servimos se refleja en aquél al que servimos.
Por eso seamos conscientes de que somos, como embajadores de Dios, imitadores de alguien que fue apaleado, insultado, traicionado y muerto por gente que sólo recibió de Él bienes. Aún en medio de dolores como los que ni tú ni yo sufriremos nunca elevó una oración pidiendo perdón por sus verdugos. Fue fiel al propósito del que lo envió. Fue un digno representante.
El ejemplo a seguir por todos.

Por cierto, desde entonces, a ese hombre, en el pueblo le llamaban "el santo".
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