Oración:
Amantisimo Padre Celestial, que moras en el cielo, en la tierra y en todo llugar, gracias por la oportunidad que nos das de poder meditar en tu Palabra, te pedimos que alumbres los ojos de nuestro entendimiento para poder comprender y discernir lo que tu quieres que aprendamos y pongamos en practica en este estudio, asi mismo te pedimos que reine el amor y la armonia entre los hermanos que vamos a participar en este tema, quita de enmedio todo espiritu de división y contienda, y que todo lo que hagamos no sea para el hombre sino para Tu honrra y Gloria Señor. Que se haga tu voluntad en el nombre precioso de nuestro único y suficiente Salvador Cristo Jesús AMEN
Capitulo 17:
1
Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto;
2
y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz.
3
Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él.
4
Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías.
5
Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd.
6
Al oír esto los discípulos, se postraron sobre sus rostros, y tuvieron gran temor.
7
Entonces Jesús se acercó y los tocó, y dijo: Levantaos, y no temáis.
8
Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino a Jesús solo.
9
Cuando descendieron del monte, Jesús les mandó, diciendo: No digáis a nadie la visión, hasta que el Hijo del Hombre resucite de los muertos.
10
Entonces sus discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Por qué, pues, dicen los escribas que es necesario que Elías venga primero?
11
Respondiendo Jesús, les dijo: A la verdad, Elías viene primero, y restaurará todas las cosas.
12
Mas os digo que Elías ya vino, y no le conocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron; así también el Hijo del Hombre padecerá de ellos.
13
Entonces los discípulos comprendieron que les había hablado de Juan el Bautista.
14
Cuando llegaron al gentío, vino a él un hombre que se arrodilló delante de él, diciendo:
15
Señor, ten misericordia de mi hijo, que es lunático, y padece muchísimo; porque muchas veces cae en el fuego, y muchas en el agua.
16
Y lo he traído a tus discípulos, pero no le han podido sanar.
17
Respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar? Traédmelo acá.
18
Y reprendió Jesús al demonio, el cual salió del muchacho, y éste quedó sano desde aquella hora.
19
Viniendo entonces los discípulos a Jesús, aparte, dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera?
20
Jesús les dijo: Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible.
21
Pero este género no sale sino con oración y ayuno.
22
Estando ellos en Galilea, Jesús les dijo: El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres,
23
y le matarán; mas al tercer día resucitará. Y ellos se entristecieron en gran manera.
24
Cuando llegaron a Capernaum, vinieron a Pedro los que cobraban las dos dracmas, y le dijeron: ¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas?
25
El dijo: Sí. Y al entrar él en casa, Jesús le habló primero, diciendo: ¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la tierra, ¿de quiénes cobran los tributos o los impuestos? ¿De sus hijos, o de los extraños?
26
Pedro le respondió: De los extraños. Jesús le dijo: Luego los hijos están exentos.
27
Sin embargo, para no ofenderles, ve al mar, y echa el anzuelo, y el primer pez que saques, tómalo, y al abrirle la boca, hallarás un estatero; tómalo, y dáselo por mí y por ti.
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CarlosBlanco
28-feb-2003, 16:15
Hago mia esa oracion.
Capítulo 17:
En este capítulo, Jesús los conduce a una alta montaña, donde es transfigurado delante de ellos: «Su semblante brillaba como el sol, y sus vestidos eran blancos como la luz». Moisés y Elías se aparecieron también hablando con Él. Dejo el asunto de su discurso, el cual es profundamente interesante, hasta que lleguemos al evangelio de Lucas, donde se añaden algunas circunstancias más, que, en algunos aspectos, dan otro contenido a esta escena.
Aquí el Señor aparece en gloria, y Moisés y Elías con Él: el uno es el legislador de los judíos, y el otro -casi distinguidos por igual- el profeta que intentó hacer volver a las diez tribus apóstatas a la adoración de Jehová, y quien, desesperanzado a causa del pueblo, regresó a Horeb, de donde la ley fue dada, y después fue tomado al cielo sin pasar por la muerte.
Estas dos personas, sublimemente insignes en las relaciones de Dios con Israel, como fundadores y restauradores del pueblo en relación con la ley, aparecen en compañía de Jesús. Pedro -absorto con esta aparición, gozándose de ver a su Maestro asociado con estos pilares del sistema judío, con tales eminentes siervos de Dios, ignorando la gloria del Hijo del Hombre y olvidando la revelación de la gloria de Su Persona como el Hijo de Dios- desea construir tres tiendas, y emplazar a los tres sobre el mismo nivel de oráculos. Pero la gloria de Dios se manifiesta; es decir, la señal conocida en Israel como la morada (shechinah) de esa gloria (Pedro, enseñado por el Espíritu Santo, la llama «la gloria excelente»), y la voz del Padre es escuchada. La gracia puede emplazar a Moisés y Elías en la misma gloria que la del Hijo de Dios, y asociarlos con Él; pero si la locura del hombre, en su ignorancia, los quiere situar juntos como teniendo igual autoridad sobre el corazón del creyente, el Padre debe vindicar de inmediato los derechos de Su Hijo. No pasa un momento sin que la voz del Padre proclame la gloria de la Persona de Su Hijo, Su relación con Él, que Él era el objeto de todo Su afecto, y en quien tenía toda Su complacencia. Es Él a quien los discípulos tienen que oír. Moisés y Elías han desaparecido. Cristo está allí solo, como Aquel que ha de ser glorificado, Aquel que enseñaría a aquellos que escucharan la voz del Padre. El Padre mismo le distingue y le presenta a la atención de los discípulos, no porque fuese digno del amor de ellos, sino como el objeto de Su propia complacencia. En Jesús, Él mismo estaba complacido. Así, los afectos del Padre se nos presentan como los que gobiernan los nuestros, presentándonos un objeto común. ¡Qué posición para unas pobres criaturas como nosotros! ¡Qué gracia!( No era en relación con la divina validez de su testimonio que Moisés y Elías hubieran desaparecido. No podían ser una confirmación más firme, como de hecho Pedro dice, como en esta escena. Pero no sólo no eran ellos los sujetos del testimonio de Dios como Cristo lo era, sino que su testimonio no se refería ni sus exhortaciones llegaban a las cosas celestiales que debían ahora ser reveladas en asociación con el Hijo del cielo. Incluso Juan el Bautista hace esta diferencia (Juan 3:31-34). De ahí, y allí manifestado, el Hijo del Hombre debía ser resucitado. Entonces, aquí el Señor encarece a los discípulos que no dijeran que Él era el Mesías, pues el Hijo del Hombre había de sufrir (véase Juan 12:27).
La historia judía fue cerrada en el capítulo 12, de hecho ya en el 11, y dispuesta la base del cambio. Tanto Juan como Él fueron rechazados, la perfecta sumisión, todas las cosas entonces entregadas a Él por Su Padre, y la revelación de Él del Padre. Compárese Juan 13, 14. Pero en Mateo 13, aparte del judaísmo, Él comienza con lo que traía, sin buscar fruto en el hombre).
Al mismo tiempo, la ley, y toda idea de su restauración bajo el antiguo pacto, han quedado atrás; y Jesús, glorificado como el Hijo del Hombre, y el Hijo del Dios viviente, permanece el solo dispensador del conocimiento y la mente de Dios. Los discípulos caen sobre sus rodillas, llenos de espanto, cuando oyen la voz de Dios. Jesús, a quien esta gloria y esta voz eran familiares, les anima, como siempre hizo sobre esta Tierra, diciéndoles: «No temáis». Estando con Aquel que era el objeto del amor del Padre, ¿por qué debían tener miedo? Su mejor Amigo era la manifestación de Dios sobre la Tierra, la gloria le pertenecía. Moisés y Elías habían desaparecido, y la gloria también, la cual los discípulos no podían aún soportar. Jesús, que había sido así manifestado a ellos en la gloria dada a Él, y en los derechos de Su gloriosa persona, en Sus relaciones con el Padre, permanece el mismo para con ellos como siempre le habían conocido. Pero esta gloria no tenía que ser el asunto de su testimonio hasta que Él, el Hijo del Hombre, fuera resucitado de entre los muertos -el sufriente Hijo del Hombre. La gran prueba debía ser dada entonces de que Él era el Hijo de Dios con poder. El testimonio de ello debía ser rendido, y Él ascendería personalmente a esa gloria que acababa de resplandecer delante de sus ojos.
Pero surge una dificultad en las mentes de los discípulos provocada por la doctrina de los escribas con respecto a Elías. Éstos decían que Elías debía venir antes de la manifestación del Mesías; y de hecho la profecía de Malaquías autorizaba esta expectativa. ¿Por qué entonces, preguntan ellos, dicen los escribas que Elías debía venir primero? -es decir, antes de la manifestación del Mesías-; mientras que nosotros hemos visto ahora que Tú eres Él, sin haber venido Elías. Jesús confirma las palabras de la profecía, añadiendo que Elías debía restaurar todas las cosas: «Pero», continúa el Señor, «os digo que ya ha venido, y han hecho con él lo que ellos quisieron; asimismo sufrirá el Hijo del Hombre por mano de ellos». Entonces comprendieron ellos que hablaba de Juan el Bautista, quien vino en el espíritu y poder de Elías, como había declarado el Espíritu Santo por medio de Zacarías su padre.
Unas cuantas palabras sobre este pasaje. Primero, cuando el Señor dice «Elías en verdad viene primero y restaurará todas las cosas», no confirma aquello que los escribas habían dicho, según la profecía de Zacarías, como si hubiera querido decir «Tienen razón». Él declara a la sazón el efecto de la venida de Elías: «Él restaurará todas las cosas». Pero el Hijo del Hombre tenía que venir todavía. Jesús había dicho a Sus discípulos «No iréis sobre las ciudades de Israel hasta que el Hijo del Hombre no haya venido». No obstante, Él había venido y estaba hablando con ellos. Pero esta venida del Hijo del Hombre de la que hablaba, es Su venida en gloria, cuando será manifestado como el Hijo del Hombre en juicio conforme a Daniel 7. Fue así que todo lo que se había dicho a los judíos tenía que cumplirse; y en el Evangelio de Mateo Él les habla en relación con esta expectativa. Sin embargo, era necesario que Jesús fuera presentado a la nación y sufriera, que la nación fuese sometida a prueba por la presentación del Mesías de acuerdo a la promesa. Esto fue hecho, y como Dios había también predicho por los profetas, «menospreciado de los hombres». De esta manera Juan fue también delante de Él, según Isaías 40, como la voz en el desierto, aun en el espíritu y poder de Elías; Y fue rechazado como el Hijo del Hombre también lo sería.( A partir también de esto, Juan rechaza la aplicación de Malaquías 4:5, 6 dicha de él mismo, mientras que Isaías 40 y Malaquías 3:1 se aplican a él en Lucas 1:76; 7:27).
El Señor, entonces, por estas palabras, declara a Su discípulos, en relación con la escena que justo habían dejado de ver, y con toda esta parte de nuestro Evangelio, que el Hijo del Hombre, ahora presentado a los judíos, tenía que ser rechazado. Este mismo Hijo del Hombre tenía que ser manifestado en gloria, como la habían visto por un momento en el Monte. Elías, en realidad, tenía que venir, como dijeron los escribas, pero Juan el Bautista había ya consumado ese oficio en poder para esta presentación del Hijo del Hombre; la cual - siendo abandonados los judíos, como convenía, a su propia responsabilidad- terminaría sólo en Su rechazo, y en el abandono de la nación hasta los tiempos cuando Dios comenzaría de nuevo a relacionarse con Su pueblo, todavía querido para Él, cualquiera que fuese su condición luego. Restauraría entonces todas las cosas -una obra gloriosa que Él cumpliría trayendo de nuevo a Su Primogénito al mundo. La expresión «restaurar todas las cosas» se refiere aquí a los judíos, y es empleada moralmente. En Hechos 3, se refiere al efecto de la propia presencia del Hijo del Hombre.
La presencia temporal del Hijo del Hombre fue el momento en que una obra estaba siendo realizada y de la que la gloria eterna dependía, y en la cual Dios era totalmente glorificado, sobre todo y más allá de toda dispensación, revelándose así Dios y el hombre en base de ello. Una obra en la que incluso la gloria exterior del Hijo del Hombre no es sino el fruto, por lo que respecta a ella, y no a Su divina Persona. Una obra en la que, en un sentido moral, Él fue perfectamente glorificado al glorificar de manera perfecta a Dios. Además, en cuanto a las promesas hechas a los judíos, no fue sino el último paso en la prueba a la que ellos estaban sujetos por la gracia. Dios bien sabía que rechazarían a Su Hijo, pero no los consideraría definitivamente culpables hasta que no lo hubieran hecho realmente. Así, en Su divina sabiduría -mientras que después cumpliría Sus promesas inmutables- Él les presenta a Jesús, a Su Hijo, al Mesías. Les proporciona toda prueba necesaria. Les envía a Juan el Bautista en el espíritu y poder de Elías como precursor Suyo. El Hijo de David es nacido en Belén con todas las señales que deberían haberles convencido, pero estaban cegados por su orgullo y autojusticia, que rechazaba todo. No obstante, Jesús devino en gracia para adaptarse Él mismo, en cuanto a Su posición, a la mísera condición del pueblo. Así también, el Antitipo del David rechazado en su tiempo, compartía la aflicción de Su pueblo. Si los gentiles los oprimían, el Rey debía identificarse con la angustia de ellos, al tiempo que daba toda prueba de lo que Él era y los buscaba en amor. Él rechazado, todo se transforma en gracia pura. Ya no poseen derecho a nada conforme a las promesas, y se ven reducidos a recibir solamente por la gracia todo ello, así como haría un pobre gentil. Dios no iba a fallar en la gracia. De esta manera, Él les hace ver su propia posición de pecadores, y consumirá no obstante Sus promesas. Éste es el asunto de Romanos 11.
El Hijo del Hombre que regresará, será este mismo Jesús que marchó. Los cielos le recibirán hasta los tiempos de la restitución de todas las cosas, de las cuales los profetas hablaron. Pero aquel que tenía que ser Su precursor en esta presencia temporal aquí no podía ser el mismo Elías. Por consiguiente, Juan estaba conformado a la entonces manifestación del Hijo del Hombre, salvo la diferencia que manaba necesariamente de la Persona del Hijo del Hombre, que podía ser sólo una, mientras éste no podía ser el caso con Juan el Bautista y Elías. Pero del mismo modo que Jesús manifestó todo el poder del Mesías y todos los derechos concernientes a Su calidad de Mesías, sin asumir todavía la gloria externa y sin ser venida Su hora, así Juan cumplió moralmente y en poder la misión de Elías para preparar el camino del Señor delante de Él -según el verdadero carácter de Su venida, como se cumplió entonces-, y respondió literalmente a Isaías 40 y Malaquías 3 incluso, los únicos pasajes aplicados a él. Ésta es la razón por la que Juan dijera que él no era Elías y que el Señor dijo «si le recibís, éste es el Elías que había de venir». En consecuencia, Juan tampoco se aplicó Malaquías 4:5, 6 a sí mismo, sino que se presentó cumpliendo Isaías 40:3-5, y ello en cada uno de los Evangelios, independientemente de su carácter particular .
Pero sigamos con nuestro capítulo. Si el Señor asciende a la gloria, Él desciende a este mundo ahora en Espíritu y compasión, y se enfrenta con la muchedumbre y el poder de Satanás, con los cuales nosotros también tenemos que enfrentarnos. Mientras el Señor estaba en el Monte, un pobre padre había traído a los discípulos a su hijo lunático, poseído por el diablo. Aquí se desarrolla otro aspecto de la incredulidad del hombre, y la del creyente, incapaz de utilizar el poder que está, por así decirlo, al alcance de él en el Señor. Cristo, Hijo de Dios, Mesías, Hijo del Hombre, había vencido al enemigo y ató al hombre fuerte, teniendo derecho a echarlo fuera. Como hombre, el Obediente, pese a las tentaciones de Satanás, le había vencido en el desierto, y como hombre tenía el derecho de despojarle de su control mundano sobre un hombre, y esto es lo que hizo. Al echar a los demonios y curar a los enfermos, Él liberaba al hombre del poder del enemigo. «Dios», dijo Pedro, «ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo y con poder, e hizo buenas obras y curaba a todos los oprimidos por el diablo». Este poder debieron utilizarlo los discípulos, quienes debieron haber conocido cómo sacar rendimiento por la fe de aquello que Jesús había manifestado así sobre la Tierra; pero no fueron capaces de hacerlo. Sin embargo, ¿de qué aprovechaba llevar este poder aquí abajo si los discípulos no tenían fe para utilizarlo? El poder estaba ahí; el hombre podía beneficiarse de él para la completa liberación de toda la opresión del enemigo; pero no tenía fe para ello, ni los creyentes tampoco. La presencia de Cristo sobre la Tierra no tenía sentido si los discípulos no sabían cómo sacar provecho de este poder. Había más fe en el hombre que trajo a su hijo que en ellos, pues sintió que la necesidad le presentaba el remedio. Por tanto, el Señor pronuncia la frase: «Oh generación perversa y de poca fe». Tuvo que dejarlos; y aquello que la gloria había revelado arriba, lo comprendería la incredulidad abajo.
Adviértase aquí que no se trata del mal en el mundo el que pone término a una intervención particular de Dios; al contrario, da ocasión para la intervención en gracia. Fue a causa del control de Satanás sobre los hombres que Cristo vino. Él se marcha porque aquellos que le habían recibido eran incapaces de utilizar el poder que Él trajo consigo, y que Él otorga para su liberación: no sabían valerse de él mediante las ventajas de que entonces gozaban. Faltaba la fe. No obstante, obsérvese también esta verdad importante y llena de sentido, que mientras tal dispensación de Dios continuase, Jesús no fallaba al satisfacer la fe personal con bendición, incluso cuando Sus discípulos no supieran glorificarle ejercitando su fe. La misma sentencia que juzga la incredulidad de los discípulos, lleva al angustiado padre al goce de la bendición. Después de todo, para ser capaces nosotros mismos de valernos de Su poder, debemos estar en comunión con Él por la energía práctica de la fe.
Él bendice entonces a ese padre según su necesidad; y lleno de paciencia, reanuda el curso de la enseñanza que estaba dando a Sus discípulos sobre el asunto de Su rechazo y Su resurrección como Hijo del Hombre. Amando al Señor, e incapaces de elevarse por encima de las circunstancias del momento, están confusos; y no obstante, eso era la redención, la salvación y la gloria de Cristo.
Antes de seguir adelante y de enseñarles aquello que debía ser la porción de los discípulos de un Maestro así rechazado, y la de la posición que tenían que ocupar, Él les presenta Su gloria divina y su asociación con Aquel que la tenía, del modo más emocionante, si podían al menos comprenderlo; y al mismo tiempo, con perfecta condescendencia y simpatía hacia ellos se sitúa Él mismo con ellos, o mejor dicho, Él los coloca en el mismo lugar con Él mismo, como Hijo del gran Rey del templo y de toda la Tierra.
Los que recolectaban el tributo oficial para el servicio del templo, acudieron a Pedro y le preguntaron si su Maestro lo pagaba. Siempre presto a adelantarse a todo, olvidando la gloria que había visto y la revelación hecha a él por el Padre, Pedro, bajando al ordinario nivel de sus propios pensamientos, ansioso de que su Maestro fuera considerado un buen judío, sin consultarle contesta a la pregunta afirmativamente. El Señor se anticipa a Pedro en su intervención, mostrándole Su divino conocimiento de lo que ya había tenido lugar a una distancia de Él. Al mismo tiempo, Él habla de Pedro y de Sí mismo como hijos los dos del Rey del templo -Hijo de Dios que aún mantenía con paciente bondad su humilde lugar como judío-, y libres ambos de presentar tributo. Pero como no debían ser ofendidos, Él ordena a la creación -pues Él puede hacer todas las cosas, porque las conoce todas- haciendo que un pez trajera precisamente la suma requerida, y combinando como novedad el nombre de Pedro con el Suyo. Él dijo «para no ofenderlos», «dales a ellos por ti y por mí». ¡Maravillosa y divina comprensión! Aquel que escudriña los corazones, y que dispone a voluntad de toda la creación, el Hijo del soberano Señor del templo, sitúa a sus pobres discípulos en la misma relación con Su Padre celestial, con el Dios que era adorado en ese templo. Se somete a las demandas que son justamente impuestas a los extranjeros, pero Él sitúa a Sus discípulos en Sus mismos privilegios como Hijo. Vemos comprensiblemente la relación entre esta conmovedora expresión de la gracia divina y el asunto de estos capítulos. Demuestra todo el significado del cambio que estaba teniendo lugar.
Es interesante remarcar que la primera epístola de Pedro se basa en Mateo 16, y la segunda en el capítulo 17, que hemos estado considerando ( Ambas epístolas, después de declarar la redención por la sangre preciosa de Cristo y de ser nacidos de la semilla incorruptible de la Palabra, tratan del gobierno de Dios; la primera, de su aplicación para los Suyos guardándolos, y la segunda, para los malvados y para el mundo, siguiendo hasta los elementos que se funden en el calor violento, y hasta llegar a los cielos nuevos y tierra nueva). En el capítulo 16, Pedro es enseñado por el Padre, confiesa al Señor el Hijo del Dios viviente, y el Señor le dice que sobre esa roca edificaría Su iglesia, que aquel que tenía el poder de la muerte no prevalecería contra ella. Así también Pedro, en su primera epístola declara que ellos habían nacido de nuevo para una esperanza viva, por esta resurrección de Cristo Jesús de entre los muertos. Es por esta resurrección que el poder de la vida del Dios viviente fue manifestada. Más tarde, llama a Cristo la piedra viva, a quien imitando nosotros, como piedras vivas, somos edificados un templo santo para el Señor.
En su segunda epístola recuerda, de manera especial, la gloria de la transfiguración como prueba de la venida y del reino del Hijo del Hombre. Por consiguiente, él habla en esta epístola del juicio del Señor.
Espero que sean edificados con este comentario.
Fraternalmente,
Rev:C.Blanco.
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