Oración:
Padre eterno, danos la luz de tu Santo Espiritu para alumbrar los ojos de nuestro entendimiento, gracias por el privilegio de estudiar Tu Santa Palabra, en el nombre de Cristo Jesús. AMEN.
Capitulo 16:
1
Vinieron los fariseos y los saduceos para tentarle, y le pidieron que les mostrase señal del cielo.
2
Mas él respondiendo, les dijo: Cuando anochece, decís: Buen tiempo; porque el cielo tiene arreboles.
3
Y por la mañana: Hoy habrá tempestad; porque tiene arreboles el cielo nublado. ¡Hipócritas! que sabéis distinguir el aspecto del cielo, ¡mas las señales de los tiempos no podéis!
4
La generación mala y adúltera demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás. Y dejándolos, se fue.
5
Llegando sus discípulos al otro lado, se habían olvidado de traer pan.
6
Y Jesús les dijo: Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos.
7
Ellos pensaban dentro de sí, diciendo: Esto dice porque no trajimos pan.
8
Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Por qué pensáis dentro de vosotros, hombres de poca fe, que no tenéis pan?
9
¿No entendéis aún, ni os acordáis de los cinco panes entre cinco mil hombres, y cuántas cestas recogisteis?
10
¿Ni de los siete panes entre cuatro mil, y cuántas canastas recogisteis?
11
¿Cómo es que no entendéis que no fue por el pan que os dije que os guardaseis de la levadura de los fariseos y de los saduceos?
12
Entonces entendieron que no les había dicho que se guardasen de la levadura del pan, sino de la doctrina de los fariseos y de los saduceos.
13
Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?
14
Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas.
15
El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
16
Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
17
Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
18
Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.
19
Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.
20
Entonces mandó a sus discípulos que a nadie dijesen que él era Jesús el Cristo.
21
Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día.
22
Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca.
23
Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.
24
Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.
25
Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.
26
Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?
27
Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras.
28
De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino.
-----------------------------------------------------------------------------
CarlosBlanco
28-feb-2003, 16:04
Interesante y muy edificante el estudio de Mateo.
Estoy de acuerdo con la hermana Iris y Memo;cuando se refieren a la prudencia y el poder identificar las falsas doctrinas.
----------
Mi pequeño comentario anexo:
Capítulo 16:
El capítulo 16 sobrepasa la revelación de la simple gracia de Dios.
Jesús revela lo que estaba a punto de ser formado en los consejos de esta gracia, donde Él era reconocido, mostrando el desprecio de los orgullosos entre Su pueblo hasta el punto de llegar a aborrecerlos, como ellos le aborrecían a Él (Zac. 11). Cerrando sus ojos -por su perversa voluntad- a las maravillosas y benéficas señales de Su poder, el cual Él derramó constantemente sobre los menesterosos que le buscaban, los fariseos y los saduceos, sorprendidos por estas manifestaciones, y no obstante descreídos de corazón y de voluntad, piden una señal del cielo. Él los reprende por su incredulidad, y les increpa que ellos supieran discernir las señales del clima; sin embargo, las señales de los tiempos eran mucho más dignas de observación. Ellos eran la generación adúltera y perversa, y Él los deja: significantes expresiones de lo que estaba sucediendo ahora en Israel.
Él previene a Sus confusos discípulos contra los ardides de estos sutiles adversarios hacia la verdad, y hacia Aquel a quien Dios había enviado para revelarle. Israel es abandonado, como nación, en las personas de sus líderes. Al mismo tiempo, en paciente gracia, Él recuerda a los discípulos lo que Sus palabras les explicaban.
Más tarde, hace a Sus discípulos la pregunta acerca de lo que los hombres decían en general de Él. Todo era materia de opinión, no de fe; es decir, la incertidumbre propia de la indiferencia moral, de la ausencia de esa necesidad consciente del alma que sólo puede descansar en la verdad, en el Salvador que uno ha hallado. Pregunta entonces qué pensaban ellos mismos de Él. Pedro, a quien el Padre se dignó revelarle, declara su fe diciendo: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente». Ninguna incertidumbre ni materia de opinión son las que están aquí, sino el efecto poderoso de la revelación, hecha por el Padre mismo, de la Persona de Cristo, al discípulo que había elegido para este privilegio.
Aquí, la condición del pueblo se manifiesta de manera extraordinaria, no como en el capítulo precedente con respecto a la ley, sino con respecto a Cristo, quien había sido presentado a ellos. Nos damos cuenta enseguida al contrastarlo con la revelación de Su gloria a aquellos que le seguían. Tenemos así tres clases: en primer lugar, los altivos e incrédulos fariseos; en segundo lugar, las personas conscientes de que había un poder y una autoridad divinos en Cristo, pero que quedaban indiferentes; y por último, la revelación de Dios y la fe que Él daba.
En el decimoquinto capítulo, la gracia mostrada a uno que no tenía esperanza en ella, es contrastada por la desobediencia y la perversión hipócrita hacia la ley, mediante la cual los escribas y fariseos intentaban cubrir su desobediencia con la apariencia de piedad.
El decimosexto capítulo, juzgando la incredulidad de los fariseos con respecto a la Persona de Cristo, y poniendo aparte a estos hombres perversos, introduce la revelación de Su Persona como la fundación de la asamblea, que tenía que tomar el lugar de los judíos como testigos para Dios en la Tierra. Anuncia los consejos de Dios en referencia a su establecimiento. Nos muestra, en línea con ello, la administración del reino, como estaba siendo establecido ahora sobre la Tierra. Consideremos primero la revelación de Su Persona.
Pedro le confiesa ser el Cristo, la consumación de las promesas hechas por Dios, y de las profecías que anunciaban su cumplimiento. Él era Aquel que iba a venir, el Mesías que Dios había prometido.
Asimismo, Él era el Hijo de Dios. El segundo Salmo declaraba que, a pesar de los esquemas de los líderes del pueblo y de la altanera aversión de los reyes de la Tierra, el Rey de Dios sería ungido sobre la colina de Sión. Él era el Hijo, nacido de Dios. Los reyes y los jueces de la Tierra (El estudio de los Salmos nos hará comprender que ésta es la relación con el establecimiento del remanente judío, en bendición, en los últimos tiempos) son llamados a someterse a Él, para no ser abatidos con la vara de Su poder cuando tome a los paganos por herencia Suya. Así, el verdadero creyente esperaba al Hijo de Dios nacido en tiempo oportuno sobre esta Tierra. Pedro confesó a Jesús ser el Hijo de Dios. También lo hizo Natanael: «Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel». Y, más tarde, también lo hizo Marta.
Pedro, no obstante, especialmente enseñado por el Padre, añade a su confesión una palabra simple, pero llena de poder: «Tú eres el Hijo del Dios viviente». No es sólo Aquel quien consuma las promesas y responde a las profecías; es del Dios viviente que Él es el Hijo, de Aquel en quien está la vida y en quien hay poder vivificador.
Él hereda este poder de vida en Dios que nada puede destruir ni abatir. ¿Quién puede vencer el poder de Aquel -de este Hijo- que proviene de «el viviente»? Satanás tiene el poder de la muerte; es él quien sujeta al hombre bajo el dominio de esta terrible consecuencia del pecado; y ello, por el justo juicio de Dios que constituye su poder. La expresión «las puertas del Hades», del mundo invisible, se refiere a este reino de Satanás. Es entonces sobre aquel poder, el cual deja la potestad del enemigo sin fuerza, que la asamblea es edificada. La vida de Dios no será destruida. El Hijo del Dios viviente no será conquistado. Esto, pues, que Dios fundamenta sobre la roca del inmutable poder de la vida en Su Hijo, no será suplantado por el reino de la muerte. Si el hombre ha sido vencido y ha caído bajo el poder de este reino de Satanás, Dios, el Dios viviente, no será vencido por éste. Es sobre aquél que Cristo edifica Su asamblea. Es la obra de Cristo basada en Él como Hijo del Dios viviente, no del primer Adán ni fundamentada en él -Su obra consumada de acuerdo al poder que esta verdad revela. La Persona de Jesús, el Hijo del Dios viviente, es su fortaleza. Es la resurrección lo que lo ha demostrado. En ella, Él es declarado el Hijo de Dios con poder. Por consiguiente, no es durante Su vida, sino cuando resucitó de entre los muertos, que Él comienza esta obra. La vida estaba en Él, pero es después de que el Padre hubiera golpeado las puertas del Hades -más bien, que Él mismo en Su divino poder lo hubiera hecho y hubiese resucitado- que Él comienza a edificar por el Espíritu Santo, cuando asciende al cielo, aquello que el poder de la muerte o de aquel que lo poseía -ya vencido- nunca pueden destruir. Es Su Persona la que es aquí contemplada, y es sobre Ella que todo queda fundamentado. La resurrección es la prueba de que Él es el Hijo del Dios viviente, y de que las puertas del Hades no prevalecen contra Él. El poder de aquéllas es destruido por éste. De este modo, vemos cómo la asamblea -aunque formada sobre la Tierra- es mucho más que una dispensación, pero no así el reino.
Era necesaria la obra de la cruz; pero no es la cuestión aquí de aquello que demandaba el justo juicio de Dios, ni de la justificación de un individuo, sino de aquello que anulaba el poder del enemigo. Era la Persona de Aquel de la que Pedro tuvo ocasión reconocer, Aquella que vivía conforme al poder de la vida de Dios. Era una revelación peculiar y directa del cielo, dada por el Padre. Sin duda, Cristo había dado pruebas suficientes de quién era Él; pero éstas no habían demostrado nada al corazón del hombre. La revelación del Padre era la manera de conocerle a Él, y esto excedía a las esperanzas en favor de un Mesías.
Entonces, el Padre había revelado directamente la verdad de la propia Persona de Cristo, una revelación que iba más allá de toda clase de relaciones con los judíos. Sobre este fundamento, Cristo edificaría Su asamblea. Pedro, mencionado con este nombre por el Señor, recibe la confirmación de este título en esta ocasión. El Padre había revelado a Simón, el hijo de Jonás, el misterio de la Persona de Jesús, y en segundo lugar, Jesús también le asegura, por el nombre que le ha dado( El pasaje (cap. 16:18) debería leerse: «Y yo también te digo a ti»), la fidelidad, la firmeza, la durabilidad, la fortaleza práctica de Su siervo favorecido por gracia. El derecho de conceder un nombre corresponde a un superior, el cual puede asignar a aquel que lo lleva su lugar y su nombre, en la familia o en la situación en que se encuentra. El derecho, si es verdadero, supone discernimiento e inteligencia en aquello que está sucediendo. Adán da nombre a los animales. Nabucodonosor da nuevos nombres a los judíos cautivos; el rey de Egipto a Eliakim, a quien había emplazado en el trono. Jesús, por lo tanto, toma este lugar cuando Él dice el Padre te lo ha revelado, y yo también te doy un lugar y un nombre relacionados con esta gracia. Es sobre aquello que el Padre te ha revelado que yo voy a edificar mi asamblea( Es importante distinguir aquí la Iglesia que Cristo edifica, aún inacabada, pero que Él mismo edifica, de aquello que es, como un todo manifestado en el mundo, edificado en responsabilidad por el hombre. En Efesios 2:20, 21 y 1 Pedro 2:4, 5, tenemos este divino edificio creciendo y edificándose. No se halla ninguna mención de la obra humana en ninguno de los dos pasajes; otros pueden edificar madera, heno y hojarasca. La confusión de éstos ha sido la base para la formación del Papado y otras corrupciones halladas en la llamada iglesia. Su Iglesia, vista en su realidad, es una obra divina que Cristo lleva a cabo y que permanece), contra la que -fundamentada en la vida que viene de Dios- las puertas del reino de la muerte nunca prevalecerán; y yo, el que edifico, haciéndolo sobre esta base inamovible, te doy el lugar de una piedra (Pedro) en relación con este templo viviente. Mediante el don de Dios, tú perteneces ya por naturaleza al edificio -una piedra viva, poseyendo el conocimiento de esa verdad que es el fundamento, y que hace de cada piedra una parte del edificio. Pedro fue una piedra prominente por medio de esta confesión; lo fue anticipadamente por la elección de Dios. Esta revelación fue hecha por el Padre en soberanía. El Señor le asigna, además, su lugar, poseyendo el derecho de administración y autoridad en el reino que Él iba a establecer.
Hasta aquí con respecto a la asamblea, mencionada ahora por primera vez, y los judíos habiendo sido rechazados a causa de su incredulidad, y el hombre pecador convicto.
Otro asunto se presenta en relación con éste de la asamblea que el Señor iba a edificar, esto es, el reino que se iba a establecer. Tenía que tener la forma del reino de los cielos, pues era así en los consejos de Dios, pero ahora iba a ser establecido de manera peculiar después de que el Rey hubiera sido rechazado sobre la Tierra.
Rechazado como fue, las llaves del reino estaban en la mano del Señor. Su autoridad pertenecía a Él. La investiría sobre Pedro, el cual, cuando se hubiera ido el Rey, debería abrir sus puertas al judío primero, y luego a los gentiles. Debería también ejercer la autoridad del Señor dentro del reino, de modo que todo lo que atara sobre la Tierra en el nombre de Cristo -el verdadero Rey, aunque ascendido al cielo- debería atarse en el cielo; y si se desataba algo sobre la Tierra, su acción debía ser ratificada en el cielo. En una palabra, él tenía el poder de gobernar el reino de Dios sobre la Tierra, teniendo ahora este reino el carácter del reino de los cielos, porque su Rey estaba en el cielo ( Obsérvese aquí lo que he hablado en otro lugar: no hay tales llaves de la iglesia o asamblea. Pedro tenía las llaves de la administración en el reino. Pero la idea de las llaves en relación con la Iglesia, o el poder de las mismas en la Iglesia, es una pura falacia. No existen las de este tipo en absoluto. La Iglesia es edificada; los hombres no edifican con llaves, y es Cristo (no Pedro) quien la edifica. Además, los actos así permitidos eran actos de administración aquí abajo. El cielo daba su aprobación sobre ellos, pero éstos no iban relacionados con el cielo, sino con la administración terrenal del reino. Además, hay que observar que lo que aquí se confiere es individual y personal. Se trataba de un nombre y una autoridad conferidos sobre Simón, el hijo de Jonás.
Otras observaciones aquí nos ayudarán a comprender mejor el significado de estos capítulos. En la parábola del sembrador (cap. 13), la Persona del Señor no es presentada, sino sólo el hecho de que se está sembrando, no segando. En la primera similitud del reino, Él es Hijo del Hombre, y el campo es el mundo. Él está ya casi fuera del judaísmo.
En el capítulo 14, tenemos el estado de cosas desde el rechazo de Juan hasta el tiempo que el Señor es reconocido a Su regreso, donde había sido rechazado.
En el capítulo 15, es la controversia moral, y Dios mismo en gracia por encima del mal. Este punto ya no lo abordaré más.
Pero en el capítulo 16 tenemos la Persona del Hijo de Dios, el Dios viviente, y de ahí la asamblea, Cristo el edificador.
En el capítulo 17, el reino con el Hijo del Hombre viniendo en gloria. La llaves -por mucho que el cielo aprobara que Pedro las utilizara-, eran, como hemos visto, del reino de los cielos -no de la asamblea-; y este reino, como la parábola de la cizaña muestra, había de corromperse y echarse a perder irremediablemente. Cristo edifica la Iglesia, no Pedro. Compárese 1 Pedro 2: 4, 5), y el cielo sellaría sus actos con su autoridad. Pero es el cielo el que permite sus actos terrenales, no el que los ate o los desate para el cielo. La asamblea relacionada con el carácter del Hijo del Dios viviente y edificada por Cristo, aunque formada sobre la Tierra, pertenece al cielo; el reino, aunque gobernado desde el cielo, pertenece a la Tierra -tiene su lugar y administración aquí-.
Estas cuatro cosas son entonces declaradas por el Señor en este pasaje: primeramente, la revelación hecha por el Padre a Simón; en segundo lugar, el nombre dado a este Simón por Jesús, quien iba a edificar la Iglesia sobre el fundamento revelado en aquello que el Padre había dado a conocer a Simón; y tercero, la asamblea edificada por Cristo mismo, todavía incompleta, sobre el fundamento de la Persona de Jesús reconocido como Hijo del Dios viviente. En cuarto lugar, las llaves del reino que debían ser dadas a Pedro, es decir, la autoridad en el reino para su administración de parte de Cristo, poniendo en él el orden de Su voluntad, y que debía ser ratificado en el cielo. Todo esto está relacionado con Simón personalmente, en virtud de la elección del Padre -el cual, en Su sabiduría, le había escogido para que recibiera esta revelación- y de la autoridad de Cristo, quien había investido sobre él el nombre que le distinguía de manera personal en el gozo de este privilegio.
El Señor, habiendo pues dado a conocer los propósitos de Dios con respecto al futuro -propósitos que serían cumplidos en la asamblea y en el reino- no había ya necesidad de presentarse como el Mesías a los judíos. No significaba que abandonaba Su testimonio, lleno de gracia y de paciencia hacia el pueblo, y que Él había rendido en todo Su ministerio, sino que éste continuaba en realidad, pero los discípulos tenían que comprender que ya no era tarea de ellos anunciar al pueblo al Señor como el Cristo. A partir de este momento, Él comenzó a enseñar a Sus discípulos que debía sufrir, y ser muerto y resucitar.
Bendecido y honrado como fue Pedro por la revelación que el Padre le hizo, su corazón se aferraba todavía de manera carnal a la gloria humana de su Maestro -en realidad, a la suya propia- y permanecía aún lejos de los pensamientos de Dios. ¡Ay!, él no es el único ejemplo. Para estar convencido de las verdades más excelsas, e incluso para gozar verdaderamente de ellas como tales, es algo muy distinto del tener el corazón formado según los sentimientos y el caminar de aquí abajo, los cuales están en conformidad con esas verdades. No se trata de la sinceridad en el disfrute de la verdad lo que es necesario, sino el tener la carne y el yo mortificados, estar muertos al mundo. Podemos sinceramente gozar de la verdad enseñada por Dios, y aun así no poseer la carne mortificada o el corazón en un estado de acuerdo a esa verdad, en todo lo que la involucra aquí abajo. Pedro -así honrado por la revelación de la gloria de Jesús, y hecho depositario de un modo muy especial de la administración en el reino dado al Hijo, y poseyendo un lugar distinguido en medio de todo lo que debía seguir tras el rechazo del Señor por los judíos-, está haciendo ahora la obra del adversario con respecto a la perfecta sujeción de Jesús al sufrimiento e ignominia que tenían que presentar esta gloria y caracterizar al reino. ¡Ay!, el caso estaba claro: él saboreaba las cosas de los hombres y no las de Dios. Pero el Señor, en Su fidelidad, rehúsa a Pedro en este asunto, y enseña a Sus discípulos que el único camino, el señalado y necesario camino, era la cruz. Si alguien le seguía, éste era el camino que Él tomaba. Asimismo ¿qué aprovecharía al hombre si salvaba su vida y lo perdía todo, ganando el mundo y perdiendo su alma? Porque ésta era ahora la cuestión (En la epístola de Pedro, hallamos constantemente estos mismos pensamientos: las palabras «esperanza viva», «piedra viva» (aplicadas a Cristo, y después a los creyentes). Y nuevamente, de acuerdo a nuestro asunto, la salvación por la vida en Cristo, el Hijo del Dios viviente, hallamos que obtenemos «el objetivo de nuestra fe, incluso la salvación de [nuestras] almas». Podemos leer todos los versículos por los cuales el apóstol presenta su enseñanza), y no la gloria exterior del reino.
Habiendo examinado este capítulo, como la expresión de la transición del sistema mesiánico al establecimiento de la asamblea fundamentada sobre la revelación de la Persona de Cristo, deseo también dirigir la atención a los caracteres de incredulidad que aquí están desplegados, tanto entre los judíos como en los corazones de los discípulos. Será provechoso observar las formas de esta incredulidad.
En primer lugar, la forma mayor que ésta adquiere es la de pedir una señal del cielo. Los fariseos y saduceos se unen para mostrar su insensibilidad a todo lo que el Señor ha hecho. Exigen una prueba para sus sentidos naturales, es decir, para su incredulidad. No creerían a Dios, ni prestando atención a Sus palabras ni contemplando Sus obras. Dios tenía que satisfacer su voluntariedad, la cual no demostraba ser la fe ni la obra de Dios. Tenían entendimiento para las cosas humanas, las cuales eran, con todo, menos claras y evidentes, pero ninguno para las cosas de Dios. Un Salvador condenado para ellos, como judíos sobre la Tierra, debería serles suficiente señal. Tanto si querían como no, se someterían al juicio de la incredulidad que ellos mostraban. El reino sería quitado de ellos, abandonándolos el Señor. La señal de Jonás está relacionada con el asunto de todo el capítulo.
A continuación, vemos esta misma apatía hacia el poder manifestado en las obras de Jesús; pero no se trata ya de la oposición de la voluntad descreída, sino de la ocupación del corazón en las cosas del presente, que retiraban de éste toda influencia de las señales que se habían dado. Esto es debilidad, no voluntad propia. No obstante, ellos son culpables, pero Jesús los llama hombres de poca fe, no hipócritas ni generación adúltera y perversa.
Vemos entonces la incredulidad manifestándose bajo la forma de la opinión indolente, la cual prueba que el corazón y la conciencia no están interesados en un asunto que debería gobernarlos -ante el cual, si el corazón quería realmente afrontar su verdadera importancia, no descansaría hasta llegar a una certeza con respecto a ese asunto. Aquí el alma no siente la necesidad; consecuentemente no hay discernimiento. Cuando el alma siente esta necesidad, sólo hay una cosa que puede suplirla, y no halla descanso hasta que la ha encontrado. La revelación de Dios que creó esta necesidad no otorga paz al alma hasta que tiene la seguridad de poseer aquello que la despertó. Aquellos que no son sensibles a esta necesidad podrán descansar en probabilidades, cada cual conforme a su carácter natural, su educación y circunstancias. Es suficiente con despertar la curiosidad -la mente está ocupada en ella, y la considera. La fe tiene faltas, y en principio, inteligencia en cuanto al objeto que las suple; el alma es ejercitada hasta hallar lo que necesita. El hecho es que Dios está ahí.
Éste es el caso de Pedro. El Padre le revela al Hijo. Aunque débil, se halló en él verdadera fe, y hallamos la condición de su alma cuando dice: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente». ¡Dichoso el hombre a quien Dios revela verdades como éstas, y en quien hace despertar estas necesidades! Podrá haber conflicto, mucho que aprender, mucho que mortificar, pero el consejo de Dios está allí, y la vida relacionada con ello. Hemos visto su efecto en el caso de Pedro. Cada cristiano tiene su propio lugar en el templo del cual Pedro era una piedra tan eminente. ¿Quiere decir esto que el corazón sea, prácticamente, digno de la revelación que se le hace? No; puede hallarse, después de todo, la no mortificada carne en aquel punto donde la revelación toca nuestra posición terrenal.
De hecho, la revelación hecha a Pedro implicaba el rechazo de Cristo sobre la Tierra. Éste era el punto. Para sustituir la revelación del Hijo de Dios, la asamblea y el reino celestial, por la manifestación del Mesías sobre la Tierra, ¿cómo sería hecho sin que Jesús fuera entregado a los gentiles para ser crucificado, y después resucitara de nuevo? Pero moralmente, Pedro no había llegado a esto. Al contrario, su corazón carnal se beneficiaba de la revelación hecha a él, y de aquello que Jesús le había dicho, para exaltarse a sí mismo. Él vio, entonces, la gloria personal sin percibir las consecuencias morales y prácticas. Comienza a reprender al Señor, e intenta disuadirle del camino de la obediencia y de la sujeción. El Señor, siempre fiel, le trata como un adversario. ¡Ay, con cuánta frecuencia hemos gozado de una verdad, y no obstante hemos fracasado en las prácticas consecuencias a las que nos conducía sobre la Tierra! Un Salvador celestial y glorificado, el cual edifica la asamblea, comporta el llevar la cruz sobre la Tierra. La carne no comprende esto. Elevará a su Mesías al cielo, si se prefiere; pero participar de Su humillación, la cual seguía forzosamente, no es su idea de un Mesías glorificado. La carne debe ser mortificada para tomar este lugar. Debemos poseer la fortaleza de Cristo por el Espíritu Santo.
Un cristiano que no esté muerto al mundo, no es sino una piedra de tropiezo para cada uno que quiera seguir a Cristo.
Éstas son las formas de la incredulidad que preceden a la verdadera confesión de Cristo, y las cuales se hallan, ¡ay!, en aquellos que sinceramente le confesaron y le conocieron -sin ser mortificada la carne para que el alma pueda andar al nivel de lo aprendido de Dios, y hallarse el entendimiento espiritual oscurecido por pensar en las consecuencias que la carne rechaza.
Si la cruz era la entrada al reino, la revelación de la gloria no se tardaría. Siendo el Mesías rechazado por los judíos, un título más glorioso y de trascendencia mucho más profunda es manifestado: el Hijo del Hombre había de venir en la gloria del Padre -pues Él era el Hijo de Dios-, y galardonar a cada hombre conforme a sus obras. Había incluso allí algunos que no pasarían por la muerte -pues de esto es lo que ellos hablaban- hasta que hubieran visto la manifestación de la gloria del reino que concernía al Hijo del Hombre.
Podemos destacar aquí el título de «Hijo de Dios» establecido como el fundamento; y el de Mesías, olvidado, por lo que hacía al testimonio rendido en ese tiempo, y sustituido por el de «Hijo del Hombre», el cual Él toma al igual que aquel de Hijo de Dios, que poseía una gloria propia de Él en Su derecho. Tenía que venir en la gloria de Su Padre como Hijo de Dios, y en Su propio reino como Hijo del Hombre.
Es interesante recordar aquí la enseñanza dada a nosotros al comienzo del libro de los Salmos. El hombre justo, distinguido de la congregación de los impíos, ha sido presentado en el primer Salmo. Luego, en el segundo, tenemos la rebelión de los reyes de la Tierra y de los gobernantes en contra del Señor y de Su Ungido -es decir, Cristo-. Sobre este decreto de Jehová, se le declara. Adonai, el Señor, se burlará de ellos desde el cielo. Además, el Rey de Jehová será establecido sobre el Monte de Sión. Éste es el decreto: «Jehová me ha dicho: mi hijo eres tú; yo te he engendrado hoy ( Hemos visto que Pedro fue más allá de esto. Cristo es aquí visto como el Hijo nacido sobre la Tierra en el tiempo, no como el Hijo de la eternidad en el seno del Padre.
Pedro, sin la total revelación de esta última verdad, ve que Él es el Hijo conforme al poder de la vida divina en Su propia Persona, sobre la cual la asamblea podía ser consecuentemente edificada. Pero tenemos que considerar aquí aquello que concierne al reino). Los reyes de la Tierra y sus gobernantes son ordenados a besar al Hijo.
En los Salmos siguientes, toda esta gloria es oscurecida. La angustia del remanente, en el que Cristo tiene una parte, es relatada. Después, en el Salmo 8, Él es apelado como el Hijo del Hombre, el Heredero de todos los derechos conferidos soberanamente sobre el hombre por los consejos de Dios. El nombre de Jehová deviene excelente en toda la Tierra. Estos Salmos no traspasan la parte terrenal de estas verdades, excepto donde está escrito: «El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos»; mientras que en Mateo 16, la relación del Hijo de Dios con esto, Su venida con Sus ángeles -por no decir con la asamblea- son presentados a nosotros. Es decir, vemos que el Hijo del Hombre vendrá en la gloria del cielo. No que su morada allí sea la verdad declarada, sino que Él es investido con la gloria más alta del cielo cuando viene a establecer Su reino sobre la Tierra. Él viene en Su reino. Éste es establecido sobre la Tierra, pero viene para tomarlo con la gloria del cielo. Esto es manifestado en el capítulo siguiente, de acuerdo a la promesa aquí del versículo 28.
En cada evangelio que se habla de ella, la transfiguración sigue inmediatamente a la promesa de que no se pasará por la muerte antes de poder ver el reino del Hijo del Hombre. Y no solamente esto, sino que Pedro -en su segunda epístola, 1:16-, cuando habla de esta escena declara que fue una manifestación del poder y de la venida de nuestro Señor Jesucristo. Dice que la palabra profética fue confirmada a ellos por ver en Él Su majestad, de modo que ellos sabían de qué hablaban al serles dado a conocer el poder y la venida de Cristo, tras haber contemplado Su majestad. De hecho, es precisamente en este sentido que el Señor habla de ello aquí, como vimos. Era una muestra de la gloria en la cual Él vendría después, ofrecida para confirmar la fe de Sus discípulos en la perspectiva de Su muerte, que justo les había anunciado.
En el amor de Cristo,
Rev:C.Blanco.
vBulletin® v3.8.0, Copyright ©2000-2009, Jelsoft Enterprises Ltd.