PDA

Ver versión completa : Capitulo 15 de San Mateo


memo
10-feb-2003, 10:41
Oración:
Padre nuestro que estás en la tierra, en los cielos y en nuestro corazón, alabado y bendecido sea tu Santo Nombre, gracias te damos por darnos la oportunidad de estudiar tu Santa Palabra, te pedimos que abras los ojos de nuestro entendimiento y des luz a nuestro corazón, quita lo malo que hay en el y cambianos cada día a la imagen de tu Hijo amado Cristo Jesús. AMEN


Capitulo 15:

1
Entonces se acercaron a Jesús ciertos fariseos y escribas de Jerusalén, diciendo:
2
¿Por qué quebrantan tus discípulos la tradición de los ancianos? Porque no se lavan las manos cuando comen pan.
3
Respondiendo él, les dijo: ¿Por qué también vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición?
4
Porque Dios mandó diciendo: Honra a tu padre y a tu madre; y: El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente.
5
Pero vosotros decís: Cualquiera que diga a su padre o a su madre: Es mi ofrenda a Dios todo aquello con que pudiera ayudarte,
6
ya no ha de honrar a su padre o a su madre. Así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición.
7
Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo:
8
Este pueblo de labios me honra; Mas su corazón está lejos de mí.
9
Pues en vano me honran, Enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres.
10
Y llamando a sí a la multitud, les dijo: Oíd, y entended:
11
No lo que entra en la boca contamina al hombre; mas lo que sale de la boca, esto contamina al hombre.
12
Entonces acercándose sus discípulos, le dijeron: ¿Sabes que los fariseos se ofendieron cuando oyeron esta palabra?
13
Pero respondiendo él, dijo: Toda planta que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada.
14
Dejadlos; son ciegos guías de ciegos; y si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo.
15
Respondiendo Pedro, le dijo: Explícanos esta parábola.
16
Jesús dijo: ¿También vosotros sois aún sin entendimiento?
17
¿No entendéis que todo lo que entra en la boca va al vientre, y es echado en la letrina?
18
Pero lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre.
19
Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias.
20
Estas cosas son las que contaminan al hombre; pero el comer con las manos sin lavar no contamina al hombre.
21
Saliendo Jesús de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón.
22
Y he aquí una mujer cananea que había salido de aquella región clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio.
23
Pero Jesús no le respondió palabra. Entonces acercándose sus discípulos, le rogaron, diciendo: Despídela, pues da voces tras nosotros.
24
El respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.
25
Entonces ella vino y se postró ante él, diciendo: ¡Señor, socórreme!
26
Respondiendo él, dijo: No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos.
27
Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.
28
Entonces respondiendo Jesús, dijo: Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora.
29
Pasó Jesús de allí y vino junto al mar de Galilea; y subiendo al monte, se sentó allí.
30
Y se le acercó mucha gente que traía consigo a cojos, ciegos, mudos, mancos, y otros muchos enfermos; y los pusieron a los pies de Jesús, y los sanó;
31
de manera que la multitud se maravillaba, viendo a los mudos hablar, a los mancos sanados, a los cojos andar, y a los ciegos ver; y glorificaban al Dios de Israel.
32
Y Jesús, llamando a sus discípulos, dijo: Tengo compasión de la gente, porque ya hace tres días que están conmigo, y no tienen qué comer; y enviarlos en ayunas no quiero, no sea que desmayen en el camino.
33
Entonces sus discípulos le dijeron: ¿De dónde tenemos nosotros tantos panes en el desierto, para saciar a una multitud tan grande?
34
Jesús les dijo: ¿Cuántos panes tenéis? Y ellos dijeron: Siete, y unos pocos pececillos.
35
Y mandó a la multitud que se recostase en tierra.
36
Y tomando los siete panes y los peces, dio gracias, los partió y dio a sus discípulos, y los discípulos a la multitud.
37
Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que sobró de los pedazos, siete canastas llenas.
38
Y eran los que habían comido, cuatro mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.
39
Entonces, despedida la gente, entró en la barca, y vino a la región de Magdala.
---------------------------------------------------------------------------

CarlosBlanco
28-feb-2003, 15:45
Bendiciones!...

Entrando en un nuevo capitulo,deseo que este humilde aporte sea de edificacion a tu vida.

Gracias hno Memo por tu constancia en el trabajo.

Capítulo 15

Este capítulo manifiesta al hombre y a Dios, el contraste moral entre la doctrina de Cristo y la de los judíos. Así el sistema judío es rechazado moralmente por Dios. Cuando hablo del sistema, me refiero a toda su condición moral, sistematizada por la hipocresía que intentaba ocultar la iniquidad, al tiempo que ésta crecía a ojos de Dios, delante de quien ellos se presentaban a sí mismos. Utilizaban Su nombre sólo para hundirse más profundamente, bajo el pretexto de la piedad, que las leyes de la conciencia natural. De esta manera un sistema religioso deviene el gran instrumento del poder del enemigo, y más aún cuando aquello, de lo cual todavía lleva el nombre, fue instituido por Dios. Pero entonces el hombre es juzgado, pues el judaismo era el hombre con la ley de Dios y la cultura divina.

El juicio que pronuncia el Señor sobre este sistema de hipocresía, mientras que manifestaba el consecuente rechazo de Israel, da origen a la enseñanza que va mucho más lejos, y la cual, escudriñando los corazones de los hombres y juzgando al hombre de acuerdo a lo que proviene de él, demuestra que son una fuente de alta iniquidad. Y de este modo evidencia que toda verdadera moralidad tiene su base en la convicción y la confesión del pecado. Porque, sin esto, el corazón es siempre falso y se envanece. Así Jesús va a la raíz de todo, y se sale de las relaciones especiales y temporales de la nación judía para entrar en la verdadera moralidad propia de todas las épocas. Los discípulos no observaban las tradiciones de los ancianos; pero de éstas el Señor no se ocupaba tampoco. Él se aprovecha de esta acusación para hacer pesar sobre las conciencias de sus acusadores que el juicio ocasionado por el rechazo del Hijo de Dios fue autorizado también en base de aquellas relaciones que existían ya entre Dios e Israel. Invalidaban el mandamiento de Dios por sus tradiciones, y ello en un grado extremo, sobre el cual dependían incluso todas las bendiciones terrenales para los hijos de Israel. Por medio de sus ordenanzas, Jesús expone también la hipocresía consumada, el egoísmo y avaricia de aquellos que pretendían guiar al pueblo y formar sus corazones según la moralidad y la adoración de Jehová. Isaías había pronunciado ya su juicio.

Más tarde, Él muestra a la multitud que se trataba de un asunto interno del hombre, de lo que procedía de su corazón, de su interior; y marca los oscuros meandros que fluyen de esta fuente corrompida. Era la simple verdad con respecto al corazón del hombre, como Dios lo conocía, que escandalizaba a los hombres del mundo que se imputaban su propia justicia, lo que era incluso incomprensible para los discípulos. Nada más sencillo que la verdad cuando ésta es conocida; nada más difícil y más oscuro cuando tiene que formar un juicio respecto a ella el corazón del hombre, el cual no posee la verdad. Porqué éste juzga según sus propios pensamientos, y la verdad no está en él. En una palabra, Israel, y más concretamente el Israel religioso, están en puro contraste con la verdadera moralidad: el hombre es situado bajo su propia responsabilidad, y bajo sus verdaderos colores delante de Dios.

Jesús escudriña el corazón, pero actuando en gracia, lo hace según el corazón de Dios, y lo manifiesta saliéndose, tanto para lo uno como para lo otro, de los términos convencionales de la relación de Dios con Israel. Una Persona divina, Dios, puede caminar en el pacto que Él ha dado, pero no puede quedar limitado por el mismo. Y la infidelidad de Su pueblo hacia esto es la ocasión de la revelación de Aquel que traspasa este lugar. He aquí el efecto de la religión tradicional al enceguecer el juicio moral. ¿Qué había de más claro y sencillo, que aquello que salía de la boca y el corazón contaminaba al hombre, y no lo que comía? Pero los discípulos, a través de la vil influencia de la enseñanza farisaica, que sostenía las formas exteriores por la pureza interior, no lo comprendían.

Cristo deja ahora los límites de Israel y Sus discusiones con los sabios de Jerusalén, para visitar aquellos lugares más alejados de los privilegios judíos, yéndose a la costa de Tiro y Sidón, donde las ciudades que Él mismo había utilizado como ejemplos estaban muy lejos de arrepentirse. Véase el capítulo 11, donde clasificándolas con Sodoma y Gomorra las califica de peores que ellas. Una mujer sale de estas provincias. Pertenecía a la raza maldita, según los principios que distinguían a Israel. Era una cananea. Acude a implorar la intercesión de Jesús a causa de su hija, poseída por el diablo.

Al implorar este favor, ella se dirige a Jesús por Su título; su fe sabía que tenía relación con los judíos: «Hijo de David». Esto origina un rápido avance de la posición del Señor, y, al mismo tiempo, de las condiciones bajo las cuales el hombre podía esperar compartir el efecto de Su bondad, en efecto, para la revelación de Dios mismo.

Como el Hijo de David, Él no tiene nada que ver con una cananea. No le devuelve respuesta. Los discípulos deseaban deshacerse de ella concediéndole su ruego, a fin de librarse de su impertinencia. El Señor les contesta que Él no fue enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Ésta era, de hecho, la verdad. Cualesquiera hayan sido los consejos de Dios manifestados en ocasión de Su rechazo (véase Isaías 49), Él era el ministro de la circuncisión para la verdad de Dios, a fin de consumar Sus promesas hechas a los padres.

La mujer, en un lenguaje más sencillo y directo, y con la más natural expresión de sus sentimientos, implora la providencial intervención de Aquel en cuyo poder ella confiaba. El Señor le responde que no es lícito quitarles el pan a los hijos y dárselo a los perrillos. Vemos aquí Su verdadera posición, venido a Israel. Las promesas eran para los hijos del reino. El Hijo de David era el ministro de estas promesas. ¿Podía Él entonces borrar la distinción del pueblo de Dios?

Pero esa fe que adquiere fuerza a base de necesidad, y la cual no halla recurso sino en el Señor mismo, acepta la humillación de su posición y juzga que con Él hay pan para el hambre de aquellos que no tienen derecho a él. Esta fe es perseverante, porque hay la conciencia de la necesidad, y confianza en el poder de Aquel que ha venido en gracia.

¿Qué había hecho el Señor con Su aparente dureza? Había traído a la pobre mujer a la expresión y al sentido de su verdadero lugar delante de Dios, es decir, a la verdad en cuanto a ella misma. Pero entonces, ¿tenía derecho a decir que Dios era menos bondadoso de lo que ella creía, menos rico en misericordia hacia los desamparados y hacia aquellos cuya sola esperanza y confianza reposaba en esa misericordia? Esto hubiera sido negar el carácter y la naturaleza de Dios, de los cuales Él era la expresión, la verdad y el testigo sobre la Tierra. Se hubiera negado Él mismo, así como el objeto de Su misión. Él no podía decir que Dios no tenía siquiera las migas para ellos, sino que contesta sinceramente de corazón: «Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres». Dios sale fuera de los estrechos límites de Su pacto con los judíos, para actuar en Su soberana bondad conforme a Su propia naturaleza. Él se extralimita para ser Dios en bondad, y no meramente Jehová en Israel.

Esta bondad es ejercida hacia una que es llevada, en presencia de aquélla, a conocerse careciendo de derecho alguno a esa bondad. Hasta aquí la aparente dureza del Señor la había estado guiando. Ella recibió todo de la gracia, de la cual era inmerecedora. Es así, y solamente así, que cada alma obtiene la bendición. No se trata simplemente del sentido de la necesidad -la mujer la sentía desde el comienzo-, sino de aquello que la trajo allí. No basta simplemente con reconocer que el Señor Jesús puede suplir esa necesidad -la mujer vino con este convencimiento. Debemos estar en presencia de la única fuente de bendición, y ser llevados a sentir que, aunque estemos allí, no tenemos ningún derecho a beneficiarnos de ella. Y ésta es una posición terrible. Cuando de eso se trata, todo es gracia. Dios puede entonces actuar conforme a Su propia bondad, y Él responde a cada deseo que el corazón puede formular para su felicidad.

Así, vemos a Cristo aquí como un ministro de la circuncisión para la verdad de Dios, para consumar las promesas hechas a los padres, y que los gentiles pudieran también glorificar a Dios por Su misericordia, como está escrito. Al mismo tiempo, esta última verdad pone de manifiesto la verdadera condición del hombre, y la plena y perfecta gracia de Dios. Sobre ella actúa Él, al tiempo que permanece fiel a Sus promesas; y la sabiduría de Dios se manifiesta de un modo que despierta nuestra admiración.

Vemos hasta qué punto va desarrollándose la presentación, en este lugar, de la historia de la mujer siriofenicia, y el modo en que ilustra esta parte de nuestro Evangelio. El principio del capítulo presenta la condición moral de los judíos, la falsedad de la religiosidad sacerdotal y farisaica. Ello entresaca el estado real del hombre como tal, de qué era fuente el corazón del hombre, y después revela el corazón de Dios manifestado en Jesús. Sus tratos con esta mujer manifiestan la fidelidad de Dios a Sus promesas; y la bendición que se concede finalmente exhibe la gracia plena de Dios en relación con la declaración de la verdadera condición del hombre, aceptada por la conciencia -la gracia elevándose por encima de la maldición que se cernía sobre el objeto de esta gracia-, y sobre todo lo demás, a fin de abrirse camino a la necesidad que la fe presentaba ante ella.

El Señor ahora parte de allí y va a Galilea, el lugar donde Él estaba en relación con el remanente menospreciado de los judíos. No era Sión, ni el templo, ni siquiera Jerusalén, sino los menesterosos del rebaño, donde el pueblo moraba en tierra de sombra de muerte (Isaías 8, 9). Allí Sus compasiones siguen a este pobre remanente, y son nuevamente ejercidas a favor de ellos. Él renueva las evidencias, no solamente de Sus tiernas compasiones, sino de Su presencia que satisfacía a los menesterosos de Su pueblo con pan. Aquí, sin embargo, no es en el poder administrador del que Él podía investir a Sus discípulos, sino de acuerdo a Su propia perfección y viniendo de Él, provee para el remanente de Su pueblo. Por consiguiente, es la plenitud de siete cestas de pedazos lo que es recogido. Se marcha también sin que nada más suceda allí.
Hemos visto la eterna moralidad, y la verdad en sus partes intrínsecas, sustituida por la hipocresía de las formas, por el uso humano de la religión legalista y por el corazón del hombre, que es puesto en evidencia como fuente de mal y nada más.

El corazón de Dios totalmente revelado, que se eleva sobre toda dispensación para mostrar la completa gracia en Cristo. Así, las dispensaciones son puestas aparte, aunque son del todo reconocidas, y el hombre y Dios son mostrados al hacer así. Es un capítulo maravilloso tocante a lo que es eterno en verdad acerca de Dios, y en cuanto a lo que la revelación de Dios muestra que es el hombre. Y esto propicia la ocasión para la revelación de la asamblea en el próximo capítulo, la cual no es una dispensación, sino el fundamento sobre la esencia misma de Cristo, el Hijo del Dios viviente.

En el capítulo 12, Cristo fue dispensacionalmente rechazado, y el reino de los cielos fue sustituido en el capítulo 13. Aquí el hombre es puesto aparte, así como lo que había hecho de la ley, y Dios actúa en Su propia gracia sobre todas las dispensaciones. Luego vienen la asamblea y el reino en gloria.

Fraternalmente,
Rev:C.Blanco.