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Ver versión completa : Capitulo 14 de San Mateo


memo
04-feb-2003, 09:53
Oración:

Padre eterno de Amor y Misericordia, te alabamos, te bendecimos, y te damos gracias por la paciencia que nos tienes, gracias porque nos das el privilegio de estudiar Tu Santa Palabra, pon en nosotros asi el querer como el hacer para obedecerte en el nombre de Cristo Jesús AMEN.


Capitulo 14:

1
En aquel tiempo Herodes el tetrarca oyó la fama de Jesús,
2
y dijo a sus criados: Este es Juan el Bautista; ha resucitado de los muertos, y por eso actúan en él estos poderes.
3
Porque Herodes había prendido a Juan, y le había encadenado y metido en la cárcel, por causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano;
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porque Juan le decía: No te es lícito tenerla.
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Y Herodes quería matarle, pero temía al pueblo; porque tenían a Juan por profeta.
6
Pero cuando se celebraba el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en medio, y agradó a Herodes,
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por lo cual éste le prometió con juramento darle todo lo que pidiese.
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Ella, instruida primero por su madre, dijo: Dame aquí en un plato la cabeza de Juan el Bautista.
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Entonces el rey se entristeció; pero a causa del juramento, y de los que estaban con él a la mesa, mandó que se la diesen,
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y ordenó decapitar a Juan en la cárcel.
11
Y fue traída su cabeza en un plato, y dada a la muchacha; y ella la presentó a su madre.
12
Entonces llegaron sus discípulos, y tomaron el cuerpo y lo enterraron; y fueron y dieron las nuevas a Jesús.
13
Oyéndolo Jesús, se apartó de allí en una barca a un lugar desierto y apartado; y cuando la gente lo oyó, le siguió a pie desde las ciudades.
14
Y saliendo Jesús, vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, y sanó a los que de ellos estaban enfermos.
15
Cuando anochecía, se acercaron a él sus discípulos, diciendo: El lugar es desierto, y la hora ya pasada; despide a la multitud, para que vayan por las aldeas y compren de comer.
16
Jesús les dijo: No tienen necesidad de irse; dadles vosotros de comer.
17
Y ellos dijeron: No tenemos aquí sino cinco panes y dos peces.
18
El les dijo: Traédmelos acá.
19
Entonces mandó a la gente recostarse sobre la hierba; y tomando los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, bendijo, y partió y dio los panes a los discípulos, y los discípulos a la multitud.
20
Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que sobró de los pedazos, doce cestas llenas.
21
Y los que comieron fueron como cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.
22
En seguida Jesús hizo a sus discípulos entrar en la barca e ir delante de él a la otra ribera, entre tanto que él despedía a la multitud.
23
Despedida la multitud, subió al monte a orar aparte; y cuando llegó la noche, estaba allí solo.
24
Y ya la barca estaba en medio del mar, azotada por las olas; porque el viento era contrario.
25
Mas a la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a ellos andando sobre el mar.
26
Y los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se turbaron, diciendo: ¡Un fantasma! Y dieron voces de miedo.
27
Pero en seguida Jesús les habló, diciendo: ¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!
28
Entonces le respondió Pedro, y dijo: Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.
29
Y él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús.
30
Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame!
31
Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?
32
Y cuando ellos subieron en la barca, se calmó el viento.
33
Entonces los que estaban en la barca vinieron y le adoraron, diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios.
34
Y terminada la travesía, vinieron a tierra de Genesaret.
35
Cuando le conocieron los hombres de aquel lugar, enviaron noticia por toda aquella tierra alrededor, y trajeron a él todos los enfermos;
36
y le rogaban que les dejase tocar solamente el borde de su manto; y todos los que lo tocaron, quedaron sanos.
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CarlosBlanco
28-feb-2003, 15:35
Capítulo 14

Nuestro Evangelio reanuda el curso histórico de estas revelaciones, pero de tal manera que exhibe el espíritu por el que el pueblo era animado. Herodes -que amaba su poder terrenal y su propia gloria más que la sujeción al testimonio de Dios, y encadenado más por falsas ideas humanas que por su conciencia, aunque algunos aspectos de él parezcan corroborarle en su posesión de la verdad-, había decapitado al precursor del Mesías, Juan el Bautista; a éste le había encarcelado Herodes para quitar de delante de su esposa al fiel censor del pecado en que el monarca vivía.

Jesús se muestra sensible en cuanto a su importancia, cuyas noticias llegan a Sus oídos. Cumpliendo en servicio humilde -no obstante excelso en cuanto a Su Persona- juntamente con Juan, el testimonio de Dios en la congregación, se sintió unido de corazón y en obra a él; pues la fidelidad en medio de todo el mal une los corazones muy fuertemente, y Jesús había condescendido para tomar un lugar por lo que respectaba a la fidelidad (véase el Salmo 40:9, 10).

En el momento de oír de la muerte de Juan, se retira a un lugar desierto. Pero al tiempo que se marchaba de la multitud que así comenzó a actuar abiertamente en el rechazo del testimonio de Dios, Él no cesa de ser el proveedor de todas sus insuficiencias y de testificar de este modo que Aquel que podía ministrarlos en sus necesidades se hallaba entre ellos. Porque la multitud, la cual sentía estas carencias y que, pese a no tener fe, admiraba el poder de Jesús, le siguió al lugar desierto. Y Jesús, movido a compasión, cura todas sus dolencias. A la noche, Sus discípulos le rogaron que despidiera a la multitud para que se procurase comida.

Él rehúsa y testifica notablemente de la presencia, en Su propia Persona, de Aquel que tenía que satisfacer a los pobres de Su pueblo con pan (Salmo 132). Jehová el Señor, el cual estableció el trono de David, estaba allí en la Persona de Aquel que debería heredar ese trono. No dudo de que las doce cestas de pedazos de pan se refieren al número que, en la Escritura, designa siempre la perfección del poder administrativo en el hombre.

Adviértase también aquí, que el Señor espera hallar a Sus doce discípulos capaces de ser los instrumentos de Sus actos de bendición y poder, administrando conforme a Su propio poder las bendiciones del reino. «Dadles de comer», les dijo. Esto se aplica a la bendición del reino del Señor, y a los discípulos de Jesús, a los doce, siendo sus ministros. Asimismo, es básico el principio que apunta al resultado de la fe en cada intervención de Dios en gracia. La fe debería poder usar el poder que actúa en tal intervención, para producir obras propias de este poder de acuerdo al orden de la dispensación y a la inteligencia que éste tiene respecto a aquélla. Hallaremos este principio más adelante en detalle.

Los discípulos deseaban despedir a la multitud sin saber cómo usar el poder de Cristo. Deberían haber sido capaces de aprovecharse de él en nombre de Israel, conforme a la gloria de Aquel que estaba entre ellos.

Si el Señor demostraba con perfecta paciencia, mediante Sus acciones, que Aquel que podía bendecir así a Israel se hallaba en medio de Su pueblo, no restaba valor al testimonio que Él daba de Su separación de este pueblo con motivo de su incredulidad. Hace que Sus discípulos se embarquen en un bote para cruzar solos el mar; y despidiendo a la multitud Él mismo, sube a una montaña para orar aparte, al tiempo que el bote que llevaba a los discípulos era golpeado por las olas del mar con un viento contrario: una viva imagen de aquello que ha sucedido. Dios ha enviado verdaderamente a Su pueblo a cruzar solos el mar tormentoso del mundo, encontrándose la oposición contra la que es difícil luchar. Entretanto, Jesús ora solo allí arriba. Él ha despedido al pueblo judío, los cuales le habían rodeado durante el período de Su presencia aquí abajo. La partida de los discípulos, aparte de su carácter general, presenta peculiarmente ante nosotros al remanente judío. Pedro concretamente, saliendo del bote, se sale en figura de la posición de este remanente. Representa esa fe que, dejando atrás la comodidad terrenal de la embarcación, sale para encontrar a Jesús, el cual se había revelado a él, y camina sobre el mar -una audaz decisión, pero basada en la palabra de Jesús: «Ven».- Véase aquí que este caminar no tiene otro fundamento que «Señor, si eres tú...», es decir, Jesús mismo. No hay auxilio en el camino, ni posibilidad de continuarlo, si se pierde a Cristo de vista. Todo depende de Él. Hay un medio conocido en el bote: la fe, que mira a Jesús, para andar sobre el agua. El hombre, como tal, se hunde por el mismo hecho de encontrarse allí. Nada puede sostenerle salvo esa fe que obtiene de Jesús la fortaleza que en Él existe, la cual le imita. Es fascinante imitarle; y si uno está entonces más cerca de Él, más parecido es a Él.

Ésta es la verdadera posición de la Iglesia, en contraste con el remanente en su carácter ordinario. Jesús camina sobre el agua lo mismo que si fuera sobre el suelo. Aquel que creó los elementos tales como son, podía disponer de sus cualidades como Él gustara. Él permite que se originen las tormentas para probar nuestra fe. Él anda sobre la encrespada ola igual que sobre la serena. Y además, la tormenta no tiene mucha relevancia, porque el que se hunde en las aguas tanto lo hace en las calmadas como en las tempestuosas, y el que sabe andar sobre ellas lo hará tanto en medio de las tranquilas como de las turbulentas. Claro está, a no ser que se mire a las circunstancias, la fe falle y el Señor sea olvidado. Pues con frecuencia las circunstancias nos hacen olvidar a Aquel en donde la fe debería capacitarnos para vencerlas por medio de nuestro caminar, confiando en Aquel que está sobre todas ellas. Sin embargo -¡bendito sea Dios!- Aquel que camina con Su propio poder sobre el agua está allí para sostener la fe y los vacilantes pasos del pobre discípulo; y en absoluto aquella fe habría traído a Pedro tan cerca de Jesús si Su mano extendida no pudiera sostenerlo. La falta de Pedro fue que miró las olas, se fijó en la tormenta -la cual, después de todo, no tuvo preponderancia en aquello-, en lugar de mirar a Jesús, quien permanecía inmutable y caminaba sobre aquellas mismas olas, como su fe debió haber observado.

El grito de su angustia llevó el poder de Jesús a la acción, como su fe debería haberlo hecho. Pero ahora era para vergüenza suya, y no para el gozo de la comunión y del camino con el Señor.

Después de que Jesús entrara en el barco, el viento cesó. Así será siempre cuando Jesús vuelva al remanente de Su pueblo en este mundo. También entonces será Él adorado como el Hijo de Dios por todos los que estén en el bote, con el remanente de Israel. En Genesaret, Jesús ejerce de nuevo el poder que exterminará a partir de entonces todo el mal que Satanás ha introducido en la Tierra. Porque cuando Él vuelva, el mundo le reconocerá.

Es una justa figura del resultado del rechazo de Cristo, el cual este Evangelio nos ha dado ya a conocer sucediendo en medio de la nación judía.

Bendiciones!
Rev:C.Blanco.